LA CULTURA HACE EUROPA

En los últimos años hemos experimentado un considerable distanciamiento entre las naciones de Europa, siendo el Brexit su más dramática expresión. Ante la irreversibilidad de los acontecimientos, el fracaso de los argumentos políticos y económicos, urgen nuevas estrategias. El pasado miércoles Emmanuel Macron dio un pequeño giro a los acontecimientos, autorizando la salida del Tapiz de Bayeux para ser expuesto en Reino Unido. Esta excepcional pieza de artesanía de finales del siglo XI, forma parte del nuevo lenguaje europeísta diseñado por el presidente francés. Aunque el programa de intercambio entre ambos países era conocido, la entidad de la obra ha conseguido desbordar la tradicional cerrazón Theresa May. Como reconocen las autoridades británicas, se trata de un “extraordinario movimiento diplomático” y “un fantástico gesto de buena voluntad”. Tras la repercusión de la noticia cabe hacerse una pregunta: ¿Haremos de la cultura un nuevo vehículo de comunicación?

   Quizás por ello 2018 fue elegido Año Europeo del Patrimonio Cultural, con el propósito de unir a los pueblos del continente mediante la promoción de eventos culturales. La tarea no va a ser sencilla, y dos grandes retos esperan una respuesta eficaz. El primero es afrontar nuestras peculiaridades de manera inclusiva, pues aquello que nos hace diferentes a veces fomenta la incomunicación. Lo excepcional debe ser considerado como un activo capaz de ejercer atracción sobre los demás. Sentir afinidad por lo que compartirnos es sencillo y al mismo tiempo conservador, el verdadero progreso reside en la aproximación a lo diferente. Tomar contacto con otras tradiciones no desvirtúa el rumbo de una sociedad, más bien lo forja. De este modo evitaríamos la cantidad de choques culturales que agitan Europa y provocan su desnaturalización. Por desgracia somos especialistas en abrir abismos entre comunidades. No en vano este año se conmemora el 25 aniversario de la voladura del Puente Viejo de Mostar (Bosnia), recuerdo indeleble de la sinrazón y que en 2005 pasó a formar parte del Patrimonio de la Humanidad. Como ya ocurrió en 1957 con el Tratado de Roma, los europeos estamos llamados a superar nuestra propia naturaleza.

   Pero el nuevo ciclo económico nos tiene reservado un segundo desafío. En la era del libre comercio, gran número de migrantes se ven atraídos por la promesa de una vida mejor. De su confluencia en las regiones más desarrolladas del planeta nace la multiculturalidad, un fenómeno incuestionable al que algunos pretenden responder con la construcción muros imaginarios. Europa, como punto de llegada, tiene la responsabilidad de abrirse tanto a sus ciudadanos como al resto del mundo. Sin embargo nos queda mucho que aprender. La crisis de refugiados puso de manifiesto nuestra falta de madurez respecto a otros países como Canadá, dejando entrever prejuicios culturales y religiosos. La autenticidad de nuestras raíces no es incompatible con la acogida integral de quienes son diferentes, máxime en un contexto de persecución. Al abrigo de una legalidad democrática, el intercambio puede ejercerse de manera natural. Sin embargo no todo son fracasos. Los ataques terroristas de Bruselas, París, Niza o Barcelona, demostraron que hay una mayoría social comprometida con la convivencia. El ISIS no consiguió que la islamofobia rigiera nuestras vidas, ni que la libertad dejara de ser rasgo esencial de la identidad europea. El terrorismo, enemigo acérrimo de la diversidad cultural, ha perdido la batalla. A este hecho debemos unir la reflexión pendiente sobre la Europa musulmana, una comunidad oriunda que cuenta con destacadas personalidades como Sadiq Khan, alcalde de Londres.

   Los objetivos del Año Europeo del Patrimonio Cultural van más allá de una simple agenda de espectáculos, se trata de una apuesta colectiva con indudables consecuencias políticas, sociales y económicas. La materia prima con la que trabajar se encuentra en la historia, el arte, las tradiciones, las lenguas, los paisajes naturales,… Todos estos elementos están destinados al intercambio, retenerlos para nosotros mismos o convertirlos en patrimonio de unos pocos sería tanto como destruirlos. A ello viene asociado un sentido pedagógico. Dar a conocer también es educar, sin importar edad, sexo o credo. Y para los que observan la cultura desde la pantalla de sus calculadoras, recordar que en la Unión Europea hay cerca de 8 millones de personas empleadas en este sector, ya sea de forma directa o indirecta. Además, el 68% de los europeos escogen su destino vacacional influidos por patrimonio cultural. ¿Se necesitan más incentivos? Quizás no todas las expectativas se cumplan pero de algo podemos estar seguros: cualquier escenario es susceptible de transformación mediante la cultura.

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